Road to Iceland (part 6)

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Mientras llega la hora de nuestra cita con nuestras anfitrionas, nos damos un paseo por Reykjavik. Estamos a un paso de la calle más comercial de la capital, la ciudad más populosa y densamente poblada de Islandia. De los 330.000 habitantes de la isla, 200.000 se concentran en la capital y su entorno más próximo. En un territorio algo mayor que Andalucía solo vive la población de Córdoba capital. Vaya, que estamos en familia y eso se nota. La ciudad parece de juguete. En un rato te la has recorrido y ya empiezas a reconocer a gente. Una de las profes islandesas que nos acompaña estos días, Gudrun, saluda a la gente por el centro de Reykjavik como lo haría yo andando por Olivares.
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En el paseo visitamos tiendas de material deportivo llenas de gorros, cortavientos, ropa para esquiar… Toda a precios prohibitivos. En una plazoleta nos llaman la atención unos tubos verticales que echaban vapor de agua. Se trata de una escultura que te invita a que la toques y te calientes las manos. Sin duda algo sumamente práctico en esta ciudad casi todo el año. Desde luego los islandeses aprovechan la energía geotérmica, la exprimen diría yo.

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A las 12:00 nos esperan Gurry y Gudrun para llevarnos de tour por la ciudad. Gurry es la directora del centro islandés. Se trata de un centro que forma a adultos en agricultura y técnicas forestales. Dependen de la Universidad de Agricultura de Islandia sita en Hvanneyri pero su centro está en Hveragerdi, a media hora de la capital y una de la universidad. Allí forman en familia a un puñado de alumnos cada año. Algunos de ellos estudian online y solo tienen los exámenes de forma presencial en centros de referencia donde los profesores envían las pruebas. Aquí los profesores no se desplazan como hacemos nosotros en el IEDA sino que aprovechan los centros educativos más próximos a sus alumnos.

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Bueno veamos qué tal el tour reykiavino. Nos dirigimos primero que nada a una zona donde están los únicos edificios altos que hemos visto en Reikjavik. No sé si formarán parte de algún urbanístico momentáneo pero choca su presencia. A mi me choca. Los dejamos atrás, corremos para atravesar la carretera y ya estamos. En el borde de la bahía y con el magnífico marco de las montañas cercanas a Akranes nevadas, está la escultura del viajero del sol.

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Rápida sesión fotográfica y nos dirigimos hacia Harpa, el nuevo auditorio de la capital. Es un espacio funcional con una cristalera que parece un intento de simular las cristalizaciones de los minerales que colorean toda la isla. Luego, en el puerto, gracias a una recomendación de unos amigos de Lourdes, tomamos una rica y reconfortante sopa de pescado. El sitio muy concurrido y recomendable sin duda, te hace imaginar un mundo de rudos pescadores que se juegan la vida luchando contra el viento y el frío. De ahí, volviendo un poco sobre nuestros pasos, llegamos al Freemarquet. Nada te hace pensar que atravesando la puerta de una enorme y desastrada nave industrial vas a entrar en un mercadillo. Allí encontrarás discos y libros de segunda mano, camisetas horteras de colores imposibles, carne de tiburón y huevos verdes. Nadie me aclaró si la tortilla sale verdiblanca. Maybe. Lo más peculiar sin duda, un acto religioso en pleno mercadillo. Gentes de cierta edad cantando salmos religiosos bajo las órdenes de una especie de sacerdote y una pianista. Eso me recordó “Doctor en Alaska”, no sé por qué. El surrealismo maybe. Todo pasa en la nave industrial, bajo techo. Lógico, porque si a finales de mayo sopla el viento desalmado que corría hoy, a ver quien monta aquí un tenderete en medio de la calle en diciembre.

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Es el momento de subir al edificio más alto de Reikjavik, Hallgrímskirkja. Se trata de una iglesia, fea de cojones, perdón, pero es que es mu fea. Por una módica cantidad de kronar subimos al campanario y disfrutamos de una vista de pájaro de la ciudad. Desde lo alto las casas parecen de juguete. Algunos fragmentos del panorama son auténticas partidas fallidas de tetris. Los islandeses por lo visto pintan los tejados del color que encuentran más barato en la tienda el día que deciden pintar. No les queda mal, he de admitirlo.

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After that we went to Gurry’s home to have a coffee. Ups, esta fluidez empieza a preocuparme. Gurry es una persona afable, simpática, que usa la ironía mientras habla en inglés más allá de lo que mis torpes oídos pueden descifrar y que da la sensación de ser absolutamente profesional. En el trato con sus profes es amable y siempre te escucha atentamente. Así como lo hace mi amigo y compañero Jesús Peñas. Creo que Gurry es una verdadera líder. Me pondría a sus órdenes con los ojos cerrados.

Su casa es un amplio apartamento con un magnífico salón a las afueras de Reykjavik. El salón solo no, todo el piso está a las afueras. Que nos invite a su casa a tomar café a cinco profesores y dos alumnos españoles y haya encontrado tiempo para preparar dos tartas diferentes y unos entrantes de ahumados me parece una pasada. Nunca pensaba que vería un verdadero hogar de un docente islandés cuando me enrolé en este proyecto. Por supuesto toda esta amabilidad extrema bien merece una pequeña compensación en forma de vino español que aquí está por las nubes, volando tan alto que sólo los yuppies pueden pillarlo. En el salón hay un piano. Al pie de la bañera un cajón con juguetes: patito y otras fruslerías plásticas. En una ventana junto a la cocina una maceta de perejil y un juguete. El ordenador está en una zona de paso a la vista de todo el mundo. Una ventana tamaño cinemascope muestra ahora un paisaje iluminado pero calculo que en invierno será una enorme pecera de oscuridad. Se respira armonía en esta casa.

Después de un rato de charla agradable volvemos al centro de Reikjavik y tras una cura de ansiedad digital bajo las ondas de la wifi de nuestro apartamento, salimos a cenar, de la mano de Gudrun, a un restaurante indio. Una ronda de cervezas de oferta (590 kr, 0.5L) riega la sobremesa antes de irnos a dormir.

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Por cierto sigue soplando un viento del demonio que ha puesto a prueba el ingenio de los islandeses. Estos ha superado la prueba. Los carteles verticales de publicidad de los restaurantes y pubs tienen un sistema de muelles que hacen que se doblen como juncos 90 grados y no se caigan los “joíos”.

Bueno it is time to go to bed. Tapones dentro, antifaz puesto. Good night.
Pd: En la expedición reina un clima de optimismo y felicidad mayúsculo. Tanto es así que hemos fundado la primera sede en el extranjero del IEDA. Jajajaja.

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Acerca de Antonio González

Profesor de Física y Química. Actualmente trabajo en el IEDA como profesor de adultos online.
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